Amor y sacrificio

"Agradezco que Sarkozy no me haya pedido que sacrifique mi carrera. El amor no tiene nada que ver con el sacrificio".
Así dijo la señora Carla Bruni, y todos la escuchamos con respeto, porque finalmente es la Primera Dama de Francia, la nación de las Luces, la Razón, la Inteligencia.
Pero lamentablemente hemos oído palabras muy parecidas de la boca de nuestros adolescentes. Nada de sacrificio: el amor es puro impulso, pura libertad, el amor es generoso y sólo sabe dar, no exige sacrificios. Cuando los exige ya no es amor: ya es dependencia, sometimiento y fascismo sexual.
Armados de estos conceptos, nuestros jóvenes salen a la vida y forman pareja. A veces se casan. Pero el entusiasmo -junto al compromiso- les dura dos meses, a lo sumo dos años.
Dicen nuestros Carlitos de 30 años: "Yo no voy a sacrificar mi partido de fútbol de los jueves a la noche. Además, después de jugar vamos todos los chicos a comer juntos, nos emborrachamos y volvemos tarde". Es una tradición intocable, explica Carlitos, pues se viene practicando desde tiempos inmemoriales: ¡Como quince meses! Aclaración al punto: para nuestros jóvenes, todo lo pasado se envuelve en una confusa neblina que abarca desde Napoleón Bonaparte hasta Alberto Olmedo, desde el cacique Pincén hasta Dizzie Gillespie. Todo eso es antiguo, ya fue, no me importa. De manera que una costumbre adoptada en el año 2007 es para ellos venerable y sagrada.
Lo mismo pasa con las chicas. El sacrificio es una mala palabra. Una odiosa y absurda tortura medieval. "¿Sacrificio? -exclama, bufando, Marianita - ¡Ya bastante se sacrificó mi mamá, y peor aún mi pobre abuela! Yo no me sacrifico nada. Ya no soy más Heidi. Voy a hacer de mi vida todo lo que me dé la gana, y nada más que lo que me dé la gana. Tengo mi clase de Pilates, mi noche de after-hours con mis amigas (sólo chicas) con hora de regreso abierta, mi semana de vacaciones con-amigas-sin-maridos, mis cursos de yoga, de gimnasia-jazz, de Tarot. No voy a sacrificar mi alma, mi vocación, mi libertad. Eso no es negociable..."
Nosotros los escuchamos con cierta melancolía, pues nos recuerdan a nosotros mismos cuando éramos jóvenes.
Claro, después viene la realidad y los aplasta sin remordimiento. Para tener un hijo, Marianita debe sacrificar su linda figura por un par de años, tal vez para siempre, y olvidarse de Pilates y del Tarot. Llega todo un mundo de biberones, pañales y moiseses que luego se convertirán en un interminable pelotero.
A su vez Carlitos descubrirá que las preocupaciones de un padre de familia pesan como una lápida. Verá que los gerentes se resisten a aumentar los sueldos. Que a las nueve de la noche, rendido de cansancio, ya su cuerpo no resiste un partido de fútbol. Así como su mente no soporta la conversación de los muchachos.
No debemos preocuparnos, ya que Carlitos y Mariana no llegarán a esta etapa. Mucho antes se tirarán los platos por la cabeza, hartos de aburrirse el uno al otro.
Si pudiéramos prepararlos un poco mejor para la vida real, les diríamos que sin sacrificio no hay amor, no hay fortuna, no hay sexo, no hay hijos, no hay familia, no hay una sencilla casa y un auto con el tanque lleno. ¡Nada!
Sin sacrificio no aparecen ni los Einstein ni los Maradona, ni las Susana Giménez ni los Favaloro. Porque cada ser humano se da a luz a sí mismo (y a veces funda una familia) a través de mil pequeños esfuerzos. Trabajando, aunque el empleo sea odioso, la gente lo maltrate y el dinero se le escape de las manos, el tipo construye laboriosamente su personaje. Es difícil que llegue a nada si no tiene a su lado a una heroína capaz de todo: desde limpiar un vómito hasta bailar una jota. De cualquier modo, casi todas las personas del Planeta apenas llegan a construir una casita y a criar a sus hijos sin que nadie los felicite.
Lástima: el sacrificio tiene, actualmente, mala prensa.
Le preguntaron al gran futbolista argentino Alfredo Distéfano por la fórmula del buen juego: ¿Talento en un 50 por ciento, Sacrificio en otro 50 por ciento? Respondió Alfredo: "La cancha mide 100 metros por setenta. Cada uno de esos metros hay que regarlos, pero no con transpiración. Con la propia sangre. Ahora, de talento, no sé nada".
Humildemente, desde nuestra insignificancia, creemos que Msr. Sarkozy (un político de derecha presidiendo una gran nación de Occidente en tiempos difíciles) hace también un sacrificio consintiendo la carrera de Madame Bruni, por lo que tiene de expuesta en medio de las formalidades de los jefes de Estado.
Pero mejor no atiendan a estas conjeturas. Son puros rezongos antiguos. Más antiguos que el mismo sacrificio.

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